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15 Agosto 2005 - 7:11 p.m. Hay ocasiones en las que el verano parece explotar, llega a la cima de la temperatura más alta, el sol consigue brillar con tanta fuerza que deja ciego a todos los que lo observan sin protección, pareciera que es el fin del mundo, el aire asfixia, el cielo aplasta las cabezas y de repente...de repente comienza a llover. Es tan paradójico, tan ridículo, tan asombroso y tan divertido al mismo tiempo. La naturaleza juega a su antojo y se burla de nosotros y le hace la putada a los que habían planeado pasar el día en la playa. No pude evitar sonreír mientras miles de gotitas de agua dulce caían sobre mi rostro, aún caliente por la hasta entonces tórrida tarde. Mi plan no era ir a la playa, de hecho no tenía plan alguno a pesar de que había estado esperando durante una semana a que llegara el fin de semana, el reencuentro con el fotógrafo. Pero como la súbita lluvia sobre la ciudad, cayó le enfermedad de su padre de nuevo sobre nuestra cita. En lugar de llorar, o enfadarme o lamentarme, miré la lluvia, a la gente corriendo en busca de un refugio, inspiré el olor a tierra mojada y sonreí. No pasaba nada, rs una verdad universalmente conocida que las mejores comidas se cocinan a fuego lento y aquella comida iba ser deliciosa, llegara cuando llegara. Y de repente, y no me preguntéis por qué ni qué demonios está ocurriendo de mí, en lugar de preocuparme como es habitual por mí, por mi soledad, mi cita frustrada y lo aburrido que iba a pasar la tarde, lo que me vino a la cabeza fue pensar en él, en cómo estaría de ánimos, en cómo me gustaría apoyarlo en esos momentos, en hacer que todo lo que estaba pasando le fuera más leve si estuviese de mi mano...Pasé la tarde en casa, pensando en él, preguntándome qué nos deparará el futuro. Y algo dentro de mí me decía que no me preocupara, que fuera como fuera, pasara lo que pasara, poco a poco se estaba dibujando el camino de mi vida sin que yo mismo me diera cuenta...
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