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6 Agosto 2005 - 8:12 p.m. Hubo un día en pleno Agosto en el que llovió. El atardecer súbitamente se tiñó de negro y el tiempo se paró. A mí me sorprendió saliendo de la boca de metro, imaginé que aquella sensación es la misma que se ha de tener viviendo en un envase hermético, o en una burbuja como en aquella película de John Travolta. Comenzó a llover y yo a correr hacia casa. Olía a tierra mojada a pesar de que la ciudad sea de asfalto. Y una vez en mi habitación, aún con la respiración agitada, sonó el teléfono. Y era Derson. Era Derson, que como un puñado de sal rebelde no terminaba por disolverse en las aguas del tiempo y la distancia, empecinado en hablar, en agarrar el hilo invisible que nos mantuvo unidos, el mismo que una vez yo ya decidí soltar y no volver a retomar. Era Derson, deprimido. Con su vocecilla de gremlin bueno, pero un tono más baja, un poco más pausada, un tanto más amarga. Y yo, no supe muy bien qué decirle. Le conté lo de mi contrato de trabajo, lo de la subida de sueldo, algo sobre Mónica Naranjo y que ya había visto el final de Sexo en Nueva York. Intenté forjar una conversación, pero de sobra sé que no eran las palabras que él buscaba ni necesitaba. No podía pretender que le dijera que lo amo porque no sería cierto, no podía pretender que le dijera que lo echaba de menos pues tampoco lo sería...Simplemente le di conversacion, y él me dijo, gracias cariño, me siento mucho mejor. Pero su voz seguía siendo un tono más baja, un poco más pausada, un tanto más amarga...Y me dio un miedo tremendo de que ya nunca volviera a ser la de siempre...Aquella voz que estallaba en miles de fuegos artificiales y que me inundaba los días con luz blanca...
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