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31 Julio 2005 - 3:02 p.m. El fotógrafo me llamó y me dijo que su padre ya estaba mejor y que pronto volvería a Madrid. Había sido uno de esos días en los que la suerte parece estar completamente de tu parte. En el trabajo me dijeron que me renovarían el contrato y me harían indefinido, cobré en el mes de Agosto un plus por beneficios de mil quinientos euros y además, volvía a sentir que yo era yo. Mi nueva novela iba viento en popa y algo me decía que estaba unos pasitos más adelante de conseguir el éxito editorial. El fotógrafo una vez más me dijo que los deseos sólo se cumplen si se piden, y yo dije algo así como que ojalá mis novelas acabaran siendo llevadas al cine. Me dijo que eso estaba hecho y nada más, y su silencio me resultó sumamente incómodo porque no sabía si se estaba quedando conmigo y si secretamente también era productor de cine. Fuera como fuera, me pidió que le hiciera un favor y que no me enfadara. Uf, ya empezamos con las sorpresas desagradables, pensé. Y me pidió que le dejara que me invitara de vacaciones. Ojalá todos los favores fueran así. La única condición, encima, era que yo eligiera el sitio.
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