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29 Julio 2005 - 11:01 p.m.

Cerraron la linea 3 por obras y llegar a Moncloa para coger el autobús que iba al trabajo se convirtió en toda una odisea. De Príncipe de Vergara a Ópera, de Ópera a Príncipe Pío y de Príncipe Pío a Moncloa. Tener que salir quince minutos antes todos los días si no quería llegar tarde a la oficina y aguantar en un vagón de metro el olor de desconocidos a cincuenta grados centígrados. Yo, que siempre intento sacarle el lado bueno a todas las cosas, pensé que ya no tenía necesidad de comprarme la faja-sauna que anunciaban en la tele con lo que sudaba en el metro, pero la verdad es que al mal olor del resto de los pasajeros no podía sacarle provecho alguno. Además, siempre me tocaba ir de pie y no podía leer ni el periódico gratis que me daban a diario en la puerta de la pastelería de debajo de casa ni el último libro de Harry Potter, que siempre llevaba conmigo por si acaso tenía la oportunidad de sentarme. Parece que los dioses escucharon mis plegarias aquella mañana, porque nada más entrar en el vagón, lo vi. Un sitio libre. No podía ser. Y no había viejas ni embarazadas a la vista, así que si me sentaba no quedaría como el niñato egoísta y ansioso que a veces soy. Ese sitio es mío, mi tesoroooooo-dijo algo dentro de mí. Así que me avalancé sobre él, me puse cómodo y abrí mi libro por el capítulo por el que me había quedado.

MIAU MIAU MIAAAAAU....La chica que estaba sentada a mi lado comenzó a maullarme. Llevaba unas enormes gafas de sol que le tapaban toda la cara y lo primero que pensé fue será una conocida y como aún estoy medio dormido no la reconozco. MIAUUU y empezó a frotarse contra mi brazo como hacen los gatos. El resto de los viajeros, como el resto de los madrileños, que ya están inmunes a todo, ni se inmutaron con el hecho de que una desconocida me estuviera ronroneando, y yo, que me rio con nada, pues comencé a reirme a carcajadas, no me lo podía creer. ¿Nos conocemos? le pregunté. Y ella se quitó las gafas y me dijo, claro que sí, Mario, cariño...
Desde luego que no nos conociamos y desde luego que yo no era el tal Mario, pero a ella le pareció darle igual cuando le dije que se equivocaba. Mario, vas vestido de negro y yo de azul, me dijo, Odio a la gente que viste de amarillo, no lo entiendo...¿No saben que la vida ha de tender hacia el verde?
En aquel momento me di cuenta de que tenía al lado a una auténtica loca.
Sí...El amarillo es horroroso, dije yo. Eres inteligente, Mario. Por eso me gustas. No eres como lo demás, tú entiendes que si estoy así es porque vengo de un sitio donde me meten ruidos en la cabeza y me medican cada ocho horas y me prohiben encontrar la paz...
Yo no decía nada, se me había cortado la risa y la capacidad de asentir con la cabeza.La pierna derecha me temblaba un poquito.
¿Sabes dónde voy, Mario? me preguntó mi poco usual compañera de viaje. Antes de que pudiera decir que no, cosa que tampoco pensaba hacer por otra parte, me dijo que iba al aeropuerto, en busca de paz y acto seguido, cambió de tema y me explicó que con el ojo derecho veía normal pero que con el izquierdo disociaba los colores. No lo entendí muy bien pero bueno, ahí queda.

Mario, me prohiben que encuentre la paz. Qué más les da si la encuentro no queriendo llevar ropa amarilla o guiñando el ojo que disocia colores cincuenta veces al día o yendo al aeropuerto, yo no le hago mal a nadie, esa es mi norma, no hacer daño, tratar a todo el mundo bien...Entonces no me explico por qué no me dejan guiñar el ojo o ir al aeropuerto a ver como la gente se aleja de sus problemas si es así como encuentro la paz...No me dejan y me meten sonidos en la cabeza y me medican y me dicen que estoy loca...Mario, sé que eres inteligente y que tú encontrarás la paz sin que te digan que estás loco. No les dejes que te lo digan...

Llegamos finalmente a la parada de Moncloa. ¿Nos volveremos a ver, Mario? me preguntó la chica-gato. Y a mí,por fin me salió la voz, y le contesté, No lo sé, pero tú tampoco dejes que te lo digan. La chica-gato me sonrió y volvió a maullar. Salté al andén y subí hasta el intercambiador.

Llegué cinco minutos antes al trabajo, y en lugar de entrar y comenzar a facturar y a grabar datos y a hablar de balances y de cuentas que no cuadran, me quedé en el parquecito de al lado, sentado en un banco, con los ojos cerrados, dejando que el sol lamiera mis párpados y oliendo la tierra que mojaban los aspersores detrás de mí. Entendí que no nos pueden imperdir encontrar nuestros momentos de paz.

La chica que huele a colonia de sandía, Moonflower, me dijo a la hora de comer que me fuera con ella a su mesa. No sé que haces con esas dos, me dijo, tienen desordenes alimenticios y eso no te puede hacer ningún bien. Claro está, se refería a mis jefas anoréxicas,las que parecen gemelas y apartan de la mesa el plato aún lleno de comida con un movimiento sincronizado. Intenté balbucear algo, pero no me dejó y se limitó a decirme, Mírate, te estás quedando en los huesos,¿cuántos kilos has perdido ya?(...)Cinco, le dije. Pero no era cierto, en la última semana había perdido dos más. Es por la soja, tomo soja con todas las comidas, le dije. Moonflower me miró severamente y me cogió del brazo. Vamos, hoy comes conmigo. Su aroma a sandía me abrió el apetito y mientras compartía un donut de chocolate conmigo encontré a su lado otro de esos ratitos de paz a los que la chica-gato del metro se refería. Eres como un personaje de una novela de Marian Keyes, le dije. Moonflower comenzó a reirse y me dijo que soy gilipollas, que las personas no somos personajes de novelas.

 

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