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24 Julio 2005 - 2:08 p.m.
Como una cebolla a la que se le ha de quitar capa tras capa para llegar al corazón, hice una lista de capas de las que debía deshacerme y de otras que debía recuperar. Debía recuperar todo aquello que me hacía ser yo mismo y que había descuidado para dar cabida a influencias externas. Quizás todas las piezas son necesarias para completar el puzzle, pero ya se dice que la mejor forma de comenzar es construyendo el marco y no por cualquier parte, porque corres el peligro de acabar perdiéndote. Comencé a construir mi marco, me centré en mi nueva novela, en la música que siempre me ha hecho sentir vivo y único, en las lecturas que me apasionan, en cuidar mi aspecto no sólo externo sino también interno, hacer que los que me rodean sonrían o incluso rían con mi actitud y que se olviden de los problemas durante un momentito, y por las noches, para calmar mi soledad y haciendo frente a la dependencia afectiva, nada mejor que un tazón de yogur con crispis mientras veo Sexo en Nueva York. Al tercer día me sentía de nuevo al cien por cien de mis facultades, de regreso a mi cuerpo tras una abducción alienígena. Y al tercer día, el fotógrafo apareció. Un par de días antes hubiera vomitado de los nervios, le hubiera gritado, me hubiera tirado de los pelos y suplicado que no me volviera a abandonar de aquella manera. Pero me lo tomé todo con mucha más calma de la que incluso yo mismo me esperaba, quizás debido a mi terapia de autoredescubrimiento. Yo no tenía nada que decir, prefería escuchar. Y al hacerlo, la vida me recompensó con una explicación lógica de aquella inesperada desaparición que me había estado atormentando hasta el punto de llegar a dormir agarrado al teléfono y al ordenador. Su padre estaba ingresado en el hospital, lo habían operado de un cáncer en Valencia. No me tenía que decir nada más, entendía perfectamente la situación y no tenía por qué disculparse, pero aún así lo hizo, y tuve una impresión tan buena de él, de que era tan buena persona, que no pude más que decirle que tenía mi apoyo en todo momento, y que en cuanto regresara de Valencia, me tendría aquí para lo que quisiera, para lo bueno y para lo malo. Al fin y al cabo de eso se trata cuando asumes el riesgo de conocer a otra persona, de entrar en su mundo y que el otro entre en el tuyo, con todo lo que conlleva, con todas las penas y las alegrías. Durante las noches siguientes, recibí mensajes de amor por su parte, y fueron recibidos con ilusión, y siendo consciente de que no eran el único alimento que mi alma necesitaba, y que si algún día dejaba de recibirlos, no moriría por ello...
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