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19 Julio 2005 - 12:51 p.m.

Uno de mi trabajo se ofreció a llevarme para mi casa en moto. Tardaremos veinte minutos, me dijo y yo pensé que mucho mejor, que así tendría una hora extra para poder prepararme para la gran cita. Ir a doscientos por hora por la autopista es una experiencia que no le recomiendo a nadie. No puedo entender cómo hay gente a la que le puedan gustar las motos, bueno tampoco entiendo cómo hay gente a la que le gusta Paloma San Basilio, pero desde luego lo que es a mí, sentir que puedo caerme en cualquier momento o salir volando por los aires y que el conductor no sé de ni cuenta de que me ha perdido hasta que no haya llegado a Moncloa, pues no me parece de lo más agradable del mundo. Llegué a Madrid con las piernas temblando y el habla entrecortada. Una y no más santo tomás, pero me tranquilicé pensando que el viaje que solía hacer el autobús en hora y pico lo habíamos hecho en ...quince minutos! Hemos batido el record, dijo el de mi trabajo y yo pensé que lo que se me había batido era la merienda en el estómago.
Silvi me planchó la ropa para la cita, a ver si esta sale bien, me dijo y yo pensé a ver si sale, porque era un poco mosqueante que el fotógrafo no me hubiera llamado ni hubiera contestado mis llamadas en todo el día. Estará cansado del viaje, me dije a mí mismo para calmarme los nervios, seguro que me llama a las nueve para quedar para cenar. Pero no me llamó a las nueve. Ni a las diez.Ni a las once.
Y yo a cada hora, lo llamaba y no recibía respuesta alguna y me prometía no volver a hacerlo para no quedar como un histérico pero no podía evitarlo y lo volvía a llamar. Nada, ninguna noticia de él. Ni siquiera sabía si había llegado sano y salvo a Madrid. Acabé pensando que la única excusa que podría hacer que yo lo perdonara sería ver su necrológica en el periódico. Pero no había noticia alguna de un vuelo Berlin-Madrid que hubiera explotado repentinamente en el aire. Al final me quedé dormido en la cama, con el ordenador a un lado por si se conectaba al messenger, con el móvil al otro lado y el fijo un poco más allá. Parecía mi cama la expoelectrónica del Corte Inglés, vamos, y yo, el máximo exponente de especimen dependiente de sus relaciones. Sobre la silla, la ropa que me había planchado Silvi y ahí, que planchada se había quedado.
A la mañana siguiente me desperté y lo primero que hice tras abrir los ojos fue mirar mi correo electrónico, mis mensajes y mis llamadas perdidas. Pero nada, al parecer el fotógrafo había decidido anular nuestra cita de su agenda, y anularme a mí de su vida. Aún así, permanecí toda la mañana frente al ordenador, como aquel que espera que se le aparezca la Virgen.
De repente, la Virgen apareció. Clink-su icono del messenger se puso en verde. Se ha conectado. Estas ya en Madrid????:-) fue mi mensaje. Y Clonk.Su icono de messenger se puso en rojo.
Después apareció conectado Jesús, el novio de Fran, que siempre me da buenos consejos como que use Listerine para las encías-que por cierto, otra vez tengo fatal. Su consejo en esta ocasión fue que volviera a ser el Rob de antes de Madrid. Yo no sabía muy bien a qué se refería, o no quería saberlo. Al Rob sensible, tímido, al que yo conocí, el que no tenía desordenes afectivos.
Joder, por supuesto que no tenía desordenes afectivos, cuando me conoció yo tenía la relación mas bonita del mundo con el novio más maravilloso del mundo, y era feliz con eso y con el bolso verde de una libra. Pero después vino una ruptura, joder, y algo pasó en mi cabeza, como una pérdida total de coherencia sobre mis actos y sobre mis sentimientos. Y decidí cambiar de ciudad, convenciéndome de que en Madrid debía buscar algo cuando en realidad de lo que se trataba era de huir al precio que fuera. Dejando atrás a mis amigos, a mi familia, a toda la gente a la que quiero, la costa, el sol, la brisa...
Volví a mi postura fetal en la cama. Ya no me importaba el paradero del fotógrafo. Era mucho más importante saber qué había sido de aquel que un día dejó su vida para internarse en el delirio de la Gran Ciudad.

 

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