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17 Julio 2005 - 7:39 p.m.
El trabajo en Berlín de mi último amor se había visto relentizado por no sé qué problema con no se qué modelo, así que tuvo que atrasar su regreso hasta el siguiente Lunes. Estupendo, eso me daba tres días más para ultimar los preparativos de la cita, porque si hay preparativos más importantes en el transcurso de una relación que los de boda, esos son los de la primera cita. Yo ya había visualizado con mi fantasía prodigiosa, que a veces puede llegar a límites insospechados e incluso peligrosos, una velada a la luz de las velas, un brindis con champán y toda una noche de pasión que se prolongaría hasta bien entrada la mañana. Quizás fue por eso que pedí reducción de la jornada del martes, y para mi satisfacción, me la concedieron, así que no tendría que preocuparme de quedarme dormido entre los brazos de mi amante y llegar tarde a trabajar, porque no tenía que entrar hasta después de comer. Parecía que los dioses estaban de mi parte...de nuevo. Sólo faltaba que en esta ocasión no me jugaran una mala pasada y acabara dándome cabezazos contra la pared por tonto e ingenuo. Nada podía fallar, ya tenía la reducción de jornada-y de peso, porque seguía en mi peso ideal gracias al plan calidad de vida, las bolitas de soja, las pastillas de soja, los copos de soja y la leche de soja. En la oficina, la mariquita-mala se jactó una vez más de lo delgado que está y me dijo que le gustaría ganar algo de peso pero eso sí, sin acabar siendo un tocinete como yo. ¿Tocinete yo? Será maricona. Ese tiene un problema además de en el cerebro, en las córneas, porque es imposible que me vea gordo con lo estupendo que estoy. Aún así sembró en mí la sombra de una duda y esa noche no cené. Empleé la mañana del domingo en lavar el pantalón negro que me había regalado mi madre por Navidad, y que de no ponérmelo le había salido algo así como moho por encima. Había llegado el momento de estrenarlo, porque es bueno, de vestir, y con él parecería que tenía estilo, aunque no fuera el mío. Ya habría tiempo para que me viera con los vaqueros rotos y la camiseta de Los Ramones, o con la de I love porn, I masturbate, que tanto éxito tiene cuando paseo por el Retiro(...) También, y haciendo gala de mi inagotable creatividad, me recorté el vello púbico con una máquina que me regalaron en La Caixa tras acumular miles de puntos comprando todo lo que llevo comprado desde que llegué a Madrid. Se cumplía un ciclo, se cerraba un círculo...La Caixa me regalaba el cortapelos, yo me recortaba el vello púbico y me volvía un metrosexual adorable y con novio rico. Todo preparado, el pantalón bueno, la camisera con la cremallera en el cuello, mi sonrisa profident...Nada podía salir mal, queridos lectores...¿O acaso dudáis de ello?
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