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10 Julio 2005 - 11:51 a.m.

Mi plan calidad de vida iba viento en popa, había conseguido mantenerme en el peso ideal, deshacerme de cualquier tipo de estrés o ansiedad que enturbiara mis días y además, para variar, había conocido a alguien. Tenía ganas de gritar a los cuatro vientos que estaba enamorado, que era el definitivo, que por fin había llegado. Pero como últimamente en materia de amores la cosa me dura dos telediarios, tres como mucho, intenté no hacerme ilusiones. Pero ni qué decir tiene que lo intenté en vano.
Era guapo, inteligente, divertido y terriblemente romántico. Era fotógrafo, hacía portadas de discos para cantantes famosos y catálogos para firmas de ropa de esas en las que comprar un par de calcetines te cuesta medio sueldo. Y lo mejor de todo era que me adoraba. Añadir también que tenía treinta y nueve años, lo que para ojos de muchos podía ser un handicap, pero que para los míos lo hacían mucho más atractivo. Atrás quedaban los niños problématicos e inseguros, era hora de dar la bienvenida a un amor maduro, estable y sereno.
El miércoles por la noche me llamó. Nos vamos a Berlín, me dijo, pasaremos allí una semana mientras busco localizaciones para la campaña de invierno de Prada, tengo aquí tu billete. Y yo me quedé sin palabras, cogí aire y le dije que no podía ir con él. Mi trabajo no me permite moverme del sitio, no tengo ni vacaciones en verano, cómo dejarlo todo para irme una semana a viajar por Europa con él. Y además, tan precipitadamente, si nos acabábamos de conocer como quién dice. Bueno, entonces prométeme una cosa, continuó, cuando vuelva de Berlín, serás mi chico. ¿Tu qué? pregunté yo. Mi novio, él respondió.
Me puse muy contento, y acepté. Al rato caí en que Derson seguía siendo mi medio novio aunque hiciera más de una semana que no hablaba con él. Desde luego, a veces parece que tengo quince años. Hagamos las cosas como personas maduras, llamemos a Derson, lo dejamos definitivamente, y dejemos via libre al amor que germina en mí.
Así lo hice, pero antes de poder abrir la boca, Derson me asaltó con sus risas y sus frases sin sentido y sus besos al auricular del teléfono, que me dejan medio sordo, y lo poco que pude entender es que venía a verme a Madrid. No, no vengas, le dije. Entonces él frenó en seco y me dijo que no me entendía. Que no vengas, le repetí. ¿Qué es no vengas, meu carinho? Sí, claro, tú no entiendes lo que no te conviene. Uf, y cómo explicarle con más palabras que lo nuestro no tenía mucho sentido que digamos, que estaba abocado al desastre se viera por donde se viera y que cualquier otra idea que hubiera pasado por mi mente era debida a algún estado de locura transitoria. De nuevo protagonizábamos el cuento de la garza y la grulla. No vengas, Derson, NO VENGAS, NO QUIERO QUE VENGAS. Y entonces él entendió y me colgó el teléfono.
Esa misma noche me envió un mensaje que decía: "Um dia o amor preguntou para o odio -odio por que me odeias tanto- e entao o odio respondeu -porque um dia eu te amei demais..."
...Y con esa frase me quedé en vela el resto de la noche. Un día el amor le preguntó al odio, "odio, ¿por qué me odias tanto?" y entonces el odio le respondió"Porque un día te amé demasiado..."
Intenté convencerme de que al final, mi relación con Derson se disolvería como en el agua un puñado de sal, que el fotógrafo regresaría de Berlín y seríamos felices para siempre, que el plan calidad de vida seguiría hacia el infinito y más allá. Intenté convencerme de todo ello, pero sólo el tiempo me daría la razón, o me la arrebataría como jirones del alma.

 

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