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21 Junio 2005 - 11:34 p.m.
No me lo podía creer, había adelgazado cinco kilos. Obviamente, se me ha jodido la báscula-diseño años sesenta, la vida es una tómbola- que compré en el todo a cien, pensé. Pero le puse encima un kilo de arroz y marcaba un kilo, después le puse un kilo de lentejas y marcaba dos kilos, y finalmente añadí un litro de leche, que me acuerdo yo que estudié en el colegio que un litro siempre pesa un kilo, y la báscula marcó triunfalmente tres. Así que mi báscula funcionaba...¡Era yo el que había adelgazado! Había dado sus frutos el dejar de comerme las sobras de mis jefas anoréxicas y tomar fibra al levantarme por las mañanas y al irme a dormir. Y ya que estaba motivado, saqué la máquina de fitness-sí, la que compré aquella vez por teletienda- de debajo de la cama, le limpié el polvo y me puse a hacer ejercicio, porque ya que había quemado la grasa era hora de hacer músculo. Viva el culto al cuerpo. Y mira que siempre lo he odiado, pero era porque veía que lo mío ya no tenía solución. Qué pena de cuerpo, que nadie lo va a disfrutar, reflexioné yo conmigo mismo en un acto de narcisismo elevado a la enésima potencia. Es lo que me pasa, cuando más baja tengo la autoestima por algún motivo en particular, con más fuerza renace después de entre sus propias cenizas...Y hacía un par de días que había ardido entre las llamas de la decepción y el engaño, cuando Derson me había rechazado como la grulla a la garza. Después de eso, habíamos hablado en un par de ocasiones, y entre que no entiendo la mitad de las cosas que me dice y que yo no soy muy bueno para hablar de temas sentimentales y tal, como que al final no había quedado nada en claro. Pensé que con cinco kilos de menos y sin michelines, podía salir a la calle y arrasar con el primero que se me cruzara en el camino, pero algo dentro de mí me decía que a dónde iba yo comportándome como un putón si en el fondo ya no lo era, o incluso yo iría más allá y afirmaría que nunca lo he sido, pero bueno, esa es una opinión personal sobre mí mismo, por lo que me temo que es un tanto subjetiva. Si quieres a Derson, me decía la vocecilla interior que me recordaba a Pepito Grillo, lucha por él, llámalo, pídele perdón, no dejes que todo acabe así como así...Y yo, que siempre había pensado que Pepito Grillo era un pesado y que Pinocho se lo hubiera pasado mucho mejor sin él, empecé a cambiar de idea y a plantearme si no será necesario a veces centrarse un poco en el camino para no acabar en el interior de una ballena-monstruo. Madrid y mi vida en ella se había convertido en esa ballena-monstruo, y había llegado la hora de salir de ella. Llamé a Derson y le dije todo aquello que me dictaba mi conciencia, como buen apuntador, y él escuchaba en silencio al otro lado. Una vez que hube acabado mi discurso, dejó salir un ininteligible hilillo de voz...que me pedía matrimonio. Sí, Derson, aquel brasileño al que yo quería prohibirle la entrada al país, del que después me había enamorado, desenamorado, hecho su amigo y vuelto a enamorar...Después de tantas y tantas vueltas alrededor del pantano, me pedía que formalizáramos nuestra relación. Y yo podía responder que no, como la garza, y seguir dando vueltas, o decir que sí. Sí, le dije. Y al otro lado del teléfono comenzaron a explotar fuegos artificiales. Para casarnos tendremos que ser novios primero, le expliqué a mi eufórico interlocutor. Así es como funcionan las cosas. Y el que días atrás me había dicho que no, ahora me decía que sí. Y lo que era una fábula pesimista sobre las relaciones humanas se convertía en un cuento de hadas con final feliz y planes de mucho, mucho, pero que mucho puente aéreo. Colgué el teléfono siendo un hombre comprometido y asquerosamente feliz, de esos a los que tanto había odiado. ¿Se habían acabado mis días de rollos esporádicos, de subir a la cúspide del amor verdadero al primero que me invitara a una cerveza, de enamorarme y desenamorarme con la misma facilidad con la que cambiaba de línea de metro? Todo apuntaba a que sí, mi mente no estaba en otra cosa que no fuera Derson. Y me pareció extraño, y me pareció bonito. Y deseé que durara por siempre jamás, aunque éstas sean unas palabras sumamente peligrosas de pronunciar, queridos lectores...
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