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19 Junio 2005 - 4:59 p.m.

Hace muchos, muchos años en un pantano muy lejano, escondido tras un bosque escondido tras una montaña que a su vez estaba escondida en el interior del cráter de un volcán, vivía una garza. Nunca he sabido muy bien qué tipo de ave es una garza, pero qué se le va a hacer si esta fábula trata de una garza y no de un gorrión, una gaviota o un pollo. Trata de una garza, que vivía en un extremo del pantano, y de una grulla, que vivía en el otro extremo. Un buen día, la garza-estaría aburrida de la vida-se recorrió el pantano de una punta a otra, un paseo interminable, cansado y de horas, para pedirle matrimonio al único habitante del lugar, la grulla. Porque para qué estar solos si se puede estar en compañía. Pero la grulla era orgullosa y desconfiada, miró de reojo a la garza, que más bien estaba ridícula después de la caminata, y le dijo que se volviera por dónde había venido, que no estaba interesada en novios ni novias ni garzas desgarbadas.
La garza desandó lo andado maldiciendo a la grulla y a todos sus muertos, y durante una buena temporada se quedó en su choza, comiendo chocolate, que es el sustituto por excelencia del sexo incluso para los pájaros y lamentando su estado civil.
Cuál sería su sorpresa cuando la grulla apareció ante el umbral de su puerta prometiéndole amor eterno. Pero a ésta qué bicho le ha picado, se preguntó la garza. Y tras dejar que la grulla hiciera un poquito el ridículo recitandole algun que otro poema de amor, le dio un portazo en las narices-que es un decir, porque tienen pico y no nariz-y la mandó a freir espárragos.
La grulla entonces se sintió el pájaro más desdichado del mundo animal y regresó a su nido en los suburbios arrepintiéndose de no haberle dicho que sí a la garza cuando tuvo la ocasión. Días más tarde, fue la garza la que tras un panic-attack de hambre y al haber acabado con todas las existencias de chocolate, se presentó ante la grulla. De nuevo caminata, pensando en decir perdón y cásate conmigo y ya veremos como seremos felices y comeremos...bueno, perdices no, que quedaría un poco así como de caníbales, pero ya sabéis a qué me refiero en lo que iba pensando la garza.
Y en esta ocasión, la grulla fue la que dijo pues ahora soy yo la que no quiero. Y por no alargar más el cuento, que podría alargarse eternamente, las dos fueron yendo y viniendo pantano arriba y pantano abajo pidiéndose la mano, bueno, la pata, para nada, porque siempre era la otra la que rechazaba la petición. Y supongo que se murieron de viejas. O de tanto andar.

Estuve pensando en Derson a diario, en el trabajo, en la cama, en el metro, en la ducha e incluso mientras dormía. Pensaba en la primera vez que lo vi, bailando ante mí y deslumbrándome con su sonrisa, en los maravillosos días que vivimos juntos, en los quince minutos en la parada del autobús. Recordaba el olor de su pelo, la suavidad de su piel y la exquisitez de sus besos. Y lo peor de todo, es que desde nuestro último encuentro, no me había llamado. Había pasado una semana y nada, no tenía noticias de él, de si había llegado sano y salvo a Barcelona, de si ya había aprendido español o por el contrario había añadido el catalán a la extraña mezcla de idiomas con la que me habla. Me volvía loco al pensar que se había echado un novio capaz de quererlo y tratarlo bien, no como yo siempre lo había tratado, como a una mascota que pertenece a una especie inferior, un animalillo gracioso a veces y molesto otras veces, siempre a merced de mis ordenes, deseos o carencias afectivas. Me lo tenía bien empleado, por gilipollas. Por no decirle en aquellos baños de la estación que sí, que lo quería, que quería ser su novio en propiedad exclusiva, sólo para sus ojos, sus manos y sus labios. Sólo para su piel.
Finalmente, a la semana de haberme dicho te llamaré cuando llegue, me llamó. Barcelona es maravilloso, no paraba de repetir, y yo me lo imaginaba a cuatro patas en algún cuarto oscuro disfrutando de las maravillas de la ciudad condal. ¿Qué has hecho? le pregunté, y él me respondió que había paseado. ¿Paseado?¿Una semana sin llamarme porque había estado paseando? Claro, ya me imaginaba qué tipo de paseos, por algún parque oscuro donde chupársela a algún desconocido. ¿Y qué más? seguí yo indagando, ¿Has ligado mucho?¿Ya tienes novio?(...)Contuve la respiración esperando una respuesta afirmativa para alguna de mis preguntas, lo que sería malo, o para ambas, lo que sería ya nefasto. Roberto, cariño, me dijo, Yo no soy puta.
Y tras esta declaración de principios, me sentí mucho más tranquilo y para intentar arreglar mi evasiva en la estación, le dije que si poco a poco nos íbamos viendo y tal y cual y pascual, que al final podríamos ser novios. Aún así, no me pareció una buena manera de arreglar las cosas, y pasé un montón de días preparando ser un poco más directo en nuestra próxima conversación. Y así fue, cuando de nuevo, Derson, mi joven amante brasileño, volvió a aparecer al otro lado de la línea telefónica, con sus palabras lamiéndome el corazón, le eché valor y le pedí que fuera mi novio. Sin más ni más, a lo bruto, a pelo, sin saliva ni vaselina. Sé mi novio y punto. No es una pregunta, es una orden. Y él, queridos lectores, cuán garza o grulla cansada de pantanos, me dijo que no.

Me repitió una por una todas las palabras que yo había utilizado en cada una de las excusas que yo le había dado en cada una de las ocasiones que él se me había declarado y yo lo había rechazado. Poco a poco, me dijo, no es buena la distancia, me dijo, y me vi a mí mismo en un espejo, mejor dicho, lo veía a él, abriendo la boca al hablar pero saliendo mi voz de su cuerpo, como en un doblaje mal hecho o un playback de las spice girls. Víctima de mi propio cuento, regresé a mi nido. Sería yo la garza o la grulla. Qué mas daba, si sentía la soledad de las dos.

 

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