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07 Junio 2005 - 9:44 a.m. En esta ciudad el verano comienza a principios de Junio, cuando los chicos comienzan a llevar menos ropa y a lucir músculos bronceados y suculentos que parecen decir CÓMEME. Es cuando te das cuenta de que un año más, te quedaste atrás. No te ha dado tiempo de tomar el sol ni de una sola sesión de rayos uva, y tu vientre sigue tan flácido como meses atrás, cuando te prometiste convertir cada gramo de tocino en acero inoxidable. Es el momento de auto convencerse y resignarse. Pensar que se tiene pareja estable y de que te quiere tal y como eres -y no sólo por el físico- ayuda, pero es que este año ya ni siquiera tengo pareja y estoy seguro de que no recibiré ayuda moral por parte de nadie para superar la depresión estival que se avecina... Llegó la madre de Silvi desde Argentina a pasar unos días con nosotros, una mujer encantadora que siempre lleva una agenda de Paulo Cohelo con ella y pensé que una persona así no podía ser mala. Y no me equivocaba, claro. De repente en ella descubrí la ayuda moral tan ansiada para sobrevivir en verano. Me dejó un libro de Jorge Bucay, una recopilación de cuentecitos con moralejas de esas que te hacen querer ser mejor persona y cambiar de vida, y o , que no sólo soy influenciable ante la publicidad, los chicos guapos y la música de la radio, sino también ante los libros de autoayuda, tras leer el primer cuento, vi la luz y decidí que había llegado el momento de no quejarse más, que el papel de víctima no me va en absoluto, y que lo mejor, es ser autodependiente, no independiente, que es imposible porque al fin y al cabo quién puede vivir sin lazos emocionales, pero sí autodependiente, que es una palabra que se inventa Jorge Bucay. Bueno, sea como sea y en resumidas cuentas, me vino bien el libro y la visita de la madre de Silvi, y con nuevos ánimos empecé a ver la llegada del verano con otros ojos. Estuve media mañana en correos para enviarle a Derson el nuevo cd de Mónica Naranjo, y os preguntaréis por qué, pero era una cuenta a saldar, se lo había prometido meses atrás y había llegado el momento de recoger pedazos de aquella relación y comenzar algo nuevo-y diferente, claro. Cuando le llegó el disco a los pocos días, me llamó para darme las gracias, diciendo todo el tiempo maravilloso, maravilloso, que no sé de donde habrá sacado esa palabra porque si me pongo a pensar no aparece en ninguna de las canciones de Mónica, que es como él aprende español, ya lo sabéis. Yo le dije que se olvidara de perderme, que sería su amigo y podría contar conmigo para lo que quisiera, y él de nuevo se puso muy contento a decirme maravilloso, y bueno, eso fue todo porque la conversación tampoco daba para mucho más. Comencé a escribir una novela de cuentos fantásticos, y para los que piensen que ya ando plagiando al Bucay, nada de eso, porque se acercan más a Michael Ende que a otra cosa. Espero tener suerte y publicarlos algún día, al fin y al cabo para eso vine a Madrid, aunque al final haya hecho de todo menos escribir y/o publicar mis libros. Aunque ahora que lo pienso...escribir si que he escrito. He estado escribiendo este diario, y eso me da algunas ideas... Cambiando de tema, que como dice Andrés que mi diario no se entiende porque cambio de tema sin avisar pues lo tendré que decir cada vez que vaya a hacerlo, ¿os acordáis del chico de los ojos bonitos? No, no lo voy a erigir a la cúspide del amor verdadero, ni voy a llenar una página contando todas sus múltiples cualidades para que días después de me hayan olvidado. Sé que es lo que esperáis de mí pero no lo voy a hacer, esta vez no. Tan sólo decir que me llama a menudo, que su voz es dulce como el agua que fluye en el río de sus ojos(que conste que intentar ser poético no es ser un neurótico a lo bridget jones) y qúe quién sabe. Yo sólo digo eso, que quién sabe. Porque después de todos estos meses es la lección que he terminado por aprender en Madrid, y quizás suene anodina, pensaréis que menuda mierda de lección, pero yo ahí lo dejo y que cada cual le de vueltas a la cabeza de la manera que sepa o que pueda...
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