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22 mayo 2005 - 1:32 a.m.

Andrea dejó de llamarme, incumpliendo de esa manera su promesa. Joder, pues si no puedes hacer eso cómo vas a prometer amor eterno. Supuse que había muerto en un accidente de góndola o de un infarto al ver la factura del teléfono, así que decidí que lo mejor era actuar como toda buena viuda actuaría, es decir, siguiendo a rajatabla el dicho de el vivo al hoyo y el muerto al bollo. Y había llegado el momento de buscar un bollo nuevo.
Mi fan número uno no había dejado de leer mis andanzas a pesar de aquella noche desastrosa que tuvimos, y guiado por un síndrome que no sé cómo se llama si de estocolmo o de qué, para mí que es síndrome de celestina, me consiguió una cita a ciegas para que me animara con un amigo suyo colombiano, y cómo yo soy tan original, quedé con él en la puerta del Vips. Resultó ser un chico muy majo de los que a mí me gustan, con la piel tostada como el más aromático de los cafés y unos ojos suaves y dulces. Yo me limité a comerme una ensalada y un sandwich de pollo por no dar el espectáculo-y la mala impresión-que suelo dar cuando como hamburguesas, que se me empieza a salir todo por los lados y a chorrearme por los dedos. Aún así no pude evitar tirarme las patatas fritas por encima y mancharme los pantalones, pero mi acompañante pareció no darse cuenta y si lo hizo pues disimuló muy bien. Estuvimos charlando por los codos, y es que a veces tengo la impresión de que es la única manera de la que sé charlar, por los codos, y después nos fuimos a La Lupe-si es que ya lo he dicho, hay días que me levanto tan sumamente original que me sorprendo a mí mismo-a tomarnos un par de cervezas. A mí, que con media me basta para parecerme a Kim Basinger en Cita a Ciegas, y no en el físico, sino en lo de que se convertía en una borracha descerebrada, comencé a ver al colombiano con buenos ojos, y no es que no fuera lindo, sino que ya sabéis a qué me refiero cuando yo veo con buenos ojos a alguien...Pues eso, pero debéis saber, queridos lectores, que fui fuerte y no le metí mano, porque luego uno cría fama de putón y ya no hay quién se la quite. Después de la Lupe decidimos ir a Cool, donde había una fiesta que se llamaba La Fiesta del Sexo, como celebración del primer aniversario de mi tienda favorita, que es el sexshop de la calle Hortaleza. Con un nombre así todo apuntaba a cómo íbamos a acabar la noche...¿O no?
Subimos por la Gran Vía hacia Cool. Si la llaman Gran Vía es porque es una vía muy grande,y ahora yo me pregunto...¿si tan grande es por qué demonios tuve que encontrarme en el camino con Ki? Si, queridos lectores, con lo grande que es Madrid y lo de habitantes que tiene, tuve que coincidir de nuevo en el espacio y el tiempo con él. Me dio dos besos como si nada y me preguntó que a dónde iba. Yo, que me sentía diplomático esa noche, le respondí con amabilidad y me despedí con un ya nos llamamos un día de éstos. Cuando llegamos a Cool seguí bebiendo esperando animarme y bailar y desmadrarme y perderme en el desenfreno, pero a medida que el alcohol se diluía en mi sangre, se iba tornando melancolía y la euforia se convertía en añoranza. Añoraba sus ojos orientales brillando en la oscuridad de mi habitación, el susurrar de su voz en mi oído diciéndome cuánto me amaba, sus besos en la calle a plena luz del día, sus caricias mientras yo cocinaba, su rostro cuando al esperarme en el portal de mi casa él me veía llegar...Por qué todo ello ganaba el pulso a la realidad, al hecho de que durante un mes no había querido saber nada de mí a pesar de mis llamadas, de mis mensajes, de haber gastado hasta la última gota de dignidad en suplicarle volver a vernos...Regresé a casa terriblemente cansado, había sido una noche agotadora, aunque no por ello una mala noche, disfruté en todo momento con mi acompañante, pero eso sí, una vez que llegué a casa, apagué la luz y me enterré entre las sábanas. Aguanté la respiración, quería morirme o al menos que muriera esa parte de mí en la que se asentaban los residuos del amor que me atormentaba.
Una vez que hube conciliado el sueño, me despertaron las campanillas de mi móvil que indican que me ha llegado un sms. Era de Andrea, hombre, este se toma lo de más vale tarde que nunca al pie de la letra, pero es que era tarde, tarde de verdad, por lo menos las cinco de la mañana. Me preguntaba si había visto las fotos que me había mandado al correo.¿Qué fotos? Abrí el hotmail, porque ahora tengo internet en casa, queridos lectores, se acabaron las visitas al cibercafé de la peruana simpática, y descargué los archivos acababa de recibir desde Venecia. Me quedé helado, mejor dicho, de piedra, y pensé, joder, este tio esta como una regadera. Me había enviado fotos de él completamente desnudo como muestra de..¿Como muestra de qué? La verdad es que no lo sé. Allí, a las cinco de la mañana, medio borracho, sin saber quienes somos, a dónde vamos y de dónde venimos, y además contemplando todo lo que Andrea, tan espiritual y trasendental él, ocultaba debajo de la ropa. He de admitir que me gustó bastante, por no decir mucho,muchísimo lo que en aquel momento descubrí y que no pude descubrir en su momento por todo ese rollo del muro, la ventana y la madre que nos parió. Pero también me dio miedo. En su mirada pude ver que además de tremendamente guapo está tremendamente loco, y hasta que no llegue el momento, no sabré que me puede más.

 

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