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08 Mayo 2005 - 1:24 p.m.
El calor cogió por sorpresa la ciudad y tuve que comprarme ropa de verano apresuradamente. Nunca me ha gustado especialmente comprar ropa pero últimamente me está resultando gratamente satisfactorio proyectar mi compulsividad en el sector textil. No quiero decir con eso que haya dejado de comprar otras cosas, por supuesto. Andrea siguió cumpliendo su promesa y me llamaba noche tras noche, en las cuales las conversaciones se iban haciendo mucho más íntimas y daban pie a conocernos mejor. A veces pienso si no será un guapo-loco, porque le dan unos arrebatos muy raros, aún peores que los míos, como por ejemplo, el de querer pagarme el billete de avión para que vaya a verlo a Venecia. Yo, que siempre he soñado con ser un mantenido y así poder escribir y vaguear a gusto, en el fondo soy un gran tímido y a la hora de la verdad me corto, así que le dije que no podía consentir que se gastara ese dinero en mí. Pero es tremendamente cabezota y no hubo manera de hacerlo desistir en su empeño. Así que tuve que resignarme a que me pagara el viaje a Italia y todos los gastos que él conllevara. El sábado por la noche llegaron a Madrid unos amigos de Susana, la de La Línea, una chica muy maja que ya conocía a Laura y a su novia-el mundo de las lesbianas, que me estoy dando cuenta de que es un pañuelo-y un chico de Orense con unos ojos tan bonitos que no pude apartarle los mios en toda la noche. Yo intentaba que no se diera cuenta de que lo estaba mirando porque tenía el corte subido no sé yo muy bien por qué, pero era irresistible la tentación de ahondar en esas dos lagunas turquesas que me envolvían de manera dulce y tibia cada vez que se posaban sobre mí. Después de que cerraran el Olivia-que de tanto ir me voy a acabar dando el carnet de lesbiana profesional-el chico de los ojos bonitos, la amiga de Susana y yo nos fuimos a Long Play. Allí yo ya había llegado al punto de he bebido demasiado y no veo nada porque mi miopía aumenta en doscientas dioptrías cuando bebo. Y de repente, y agarraos bien al asiento porque yo todavía no me he repuesto del susto para ser sinceros, y es que ay, queridos lectores, un día de estos os mato de un infarto, yo lo sé pero es que la vida es así...Bueno, pues de repente... ...Apareció Ki. Como una sombra, de la nada, un fantasma bajo la tormenta de focos y niebla, silencioso tras el estruendo de la música house. Estaba ante mí, y yo apenas lo veía. Me besó, empezó a meterme mano y me dijo te quiero, te quiero muchísimo. Podía sentir su olor como la primera vez, sus manos, las mismas manos que exploraron mi cuerpo cuando yo pensaba que me amaba. Mi corazón empezó a trepar por mi pecho intentando escapar por mi boca antes de que fuera demasiado tarde y lo destruyeran de nuevo en mil pedacitos. Latía a mil por hora, todo me daba vueltas, la música se tornó infernal, el aire irrespirable y sus besos, desagradables. Lo empujé para apartarlo de mi lado, y como si estuviera imantado a mí, volvió a abrazarme. Me acerqué lentamente al oído para susurrarle lo único que me venía a la mente: VETE A LA MIERDA. Y entonces fue cuando Ki, se sumergió de nuevo en la multitud como quien se sumerge en el mar para no volver jamás. El chico de los ojos bonitos se quedó el resto de la noche a mi lado, paradito, sin bailar mucho. Yo, por el contrario, cerré los ojos y dejé llevar por el alcohol y el ritmo de la música. Quería olvidar tanto dolor, tanta soledad acumulada. Quería olvidar y desaprender lo aprendido, empezar de nuevo, ser un folio en blanco. Regresé a casa andando a pesar de que el chico de los ojos bonitos se hospedaba en mi misma calle y cogió un taxi, pero no me apeteció irme con él. Una vez en mi cama, solo, pesándome la ciudad sobre mis hombros como nunca me había pesado desde mi llegada, soñé con Venecia, con sus canales y su romanticismo. Soñé con Andrea y pensé que quizás no era tan mala idea aceptar su invitación y por qué no, si me gustaba la ciudad, comenzar una nueva vida en ella.
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