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1 Mayo 2005 - 6:07 p.m.

El muro y la ventana.
Y finalmente conocí a Andrea. Digo que finalmente porque significó el final de la temporada y el inicio de algo nuevo en mí. Pensaréis que ya, que tan sólo será uno más, una muesca en la culata de mi revólver. Pero yo os responderé que no, que él consiguió hacerme lo que no había conseguido ningún hombre en toda mi vida-o al menos durante mi estancia en Madrid-Pero no os impacientéis, volveremos a ello en su momento. Por ahora empezaremos contando la primera vez que lo ví y lo mucho que me gustó con el pelo largo, la barba de tres días y un innegable atractivo masculino. Estaba ausente a la música que convulsionaba a la multitud, apoyado en la barra, con la mirada perdida, llenando con su presencia la sala, porque eso era lo que desprendía por cada poro de su piel , presencia, un magnetismo tan sólo comparable con el que tiene el sol par mantener a los planetas en órbita. Pensé que él era mi sol. O al menos por esa noche.
La verdad es que pasó de mí, yo hablándole y él haciéndome sentir como un naúfrago moviendo su última antorcha ante un buque que pasa de largo. Resultó que era italiano(sí, queridos lectores, otro italiano)y que no sabía una palabra de español, así que comenzó a hablarme en inglés y ahí fue cuando yo ya hice gala de mi labia para intentar camelármelo. Pensé que sería lo de siempre, que intercambiaríamos teléfonos, hablaríamos del tiempo o de alguna otra chorrada que no llevara mucho rato y que después uno de los dos invitaría al otro a su piso(daba igual quién a quién). Él dijo odio las discotecas y yo aproveché para coger mi chaqueta, sí, la de H&M, que le estoy dando un trote a la pobre, y decir pues vámonos a un sitio más tranquilo. Y cuando yo me refiero a un sitio más tranquilo me refiero a debajo de mis mantas.
Nos sentamos en un banco de la calle. Hacía una noche sorprendentemente cálida para la época del año. El verano se avecinaba y trajo olores y recuerdos del pasado año. Cuánto había cambiado mi vida desde un Mayo hacía doce meses. Bajo el amparo del tintineo de las estrellas, comenzamos a hablar. Primero de puntillas, rompiendo el hielo con palabras dichas ya mil veces en miles de situaciones parecidas, pero luego, la conversación comenzó a fluir de una forma inusitadamente cómoda. Hablamos de arte, filosofía, religión y política, y yo fui el primer sorprendido de que de repente, las neuronas se me hubiesen despertado y multiplicado, aunque bien dicen que son las únicas células que no se multiplican, las mías lo hicieron o al menos dieron de sí todo el potencial malgastado en los últimos tiempos. Hablamos del amor y de la necesidad de ser amados. Y enotonces fue cuando lo envolví suavemente en un abrazo y lentamente me acerqué a sus labios, podía oler su loción de afeitar y su perfume masculino como su presencia, mi lengua emergió lascivamente hacia su boca, la mía ensalivaba compulsivamente esperando a que fuese invadida sin piedad.
Y él, me dio la cara. Se alejó de mí y me dijo que le gustaba. ¿Qué le gustaba? Pues si te gusto demuéstralo con algo más que palabras, pensé sobresaltado. Quiero una relación que sea como un muro, comenzó a explicar sin dejar de mirarme a los ojos-sus manos acariaban mi rostro-un muro que se contruye poco a poco, ladrillo a ladrillo, y que una vez construido, a base de complicidad, de conocer al otro, de cariño y afectividad, se pueda albergar en él una ventana. Esa ventana es el sexo, por la que entra la luz y el aire que tanto bien le hacen a la relación. Pero dime, y yo puse ojos de a ver si me hace una pregunta muy difícil y voy a quedar como un tonto. Dime, me preguntó, si empiezas por la ventana...¿Con qué se sotendrá? Es inconcebible una ventana si pared, ¿no lo crees así?
Llegados a este punto, mis neuronas se reunieron a pensar un ratito y estuve unos segundos sin decir nada. Así es, le respondí, me parece la mejor forma de tener una relación. Me abrazó y cuando nos separamos, ya había amanecido.
Al día siguiente, Andrea regresó a Venecia. Le dije que se ahorrara cualquier intento de decir si, sí, ya te llamaré para que luego no lo hiciera. Estaba decepcionado y desencantado del amor, no esperaba nada de él a pesar de tanta historia sobre muros y ventanas. Pero me prometió llamarme todos los días, construir una pared fuerte que me hiciera cambiar de opinión y creer que el destino había querido que nos conociésemos. Un par de noches después, me llamó desde Italia y estuvimos hablando una hora. A la noche siguiente, me volvió a llamar y hablamos dos horas. A la tercera noche, volvió a cumplir su promesa y me dijo que no tenía explicación pero que se había enamorado de mí. A la cuarta noche, fui yo el que se lo dijo, a pesar de que algo dentro de mí decía que aquello era una locura, que no podía enamorarme de aquella manera, para que una vez más se rompiera en mil pedacitos a los pocos días. Al quinto día, hablamos casi toda la noche, y de forma involuntaria, comencé a hacer mentalmente las maletas para irme a Italia a vivir con él...

 

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