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19 Abril 2005 - 9:37 p.m.
Y de repente, un día Ki desapareció. Ni llamaba, ni enviaba mensajes ni respondía mis llamadas ni mis mensajes. Y lo mismo al día siguiente, y al otro. Pensé que algo le había ocurrido, un accidente de coche o de metro o de autobús, o algo peor, que lo había aplastado una manada de elefantes en la Gran Vía. Vale, no hay elefentes en la Gran Vía, pero todo es posible en la mente de un enamorado que se preocupa. Al cuarto día, y después de quinientas llamadas se digno a cogerme el teléfono y se limitó a decirme que no quería verme. Su voz ya no era aterciopelada, era la voz de un témpano de hielo si es que los témpanos de hielo pudieran hablar. Yo me quedé hecho un colador, como si me hubiera disparado un pelotón de ejecución. Podía sentir como la luz de la tarde atravesaba mi cuerpo, porque yo ya no era nada, apenas un fantasma, un retazo de la energía que había derrochado en los últimos días. Cuando pude articular palabra le pregunté si había escuchado bien, y él me dijo que sí y me volvió a repetir que no quería volver a verme ni ese día, ni al otro ni al otro. Me eché a reir, por no tirarme por la ventana del patio, y le dije que cuando quisiera verme que me llamara. Después me eché en la cama sin poder reaccionar, ni llorar ni gritar ni pegarle a las paredes. Quería hacer todo eso pero me había quedado sin sangre en las venas. Tan sólo podía pensar en dónde estaba el error, en qué momento había metido la pata y había hecho que Ki me odiase de aquella manera, porque por supuesto que yo me echaba la culpa a mí mismo, es algo que siempre hago en cuestión de temas amorosos. Me fui a dar un paseo por Madrid, a que la ciudad me saturara de luces y ruido y no dejara espacio en mi mente para más pensamientos de culpabilidad o desamor. En el centro comercial de Principe Pio hay un Starbucks. Los Starbucks están por todas partes, como los Vips o los Dunkin Donuts, hay uno cada diez metros y se dedican a poner cafés a un precio desorbitado. A mí me estaba dando mareo ya tanta confusión, no saber qué había pasado y qué iba a ser de mi vida a partir de aquel momento, así que entré en el Starbucks para tomarme, bueno un café no porque sabéis que yo no tomo café, pero sí un té o un donuts que me subiera el azúcar de la sangre. Y allí estaba el camarero del Starbucks. Sí, reiros, queridos lectores, pero yo entré allí buscando algo que me subiera el azúcar y al final encontré un camarero que me subió otra cosa. Le pedí un té, me lo tomé en un tiempo record de dos coma cinco y a continuación le pregunté a qué hora sales. Y como respuesta, me dio la espalda y pensé joder ya la he cagado. Pero cuando se volvió, me había apuntado su número de teléfono y su nombre en un papel. La historia es más o menos así, regresé a mi casa y le envié un mensaje para quedar algún día de estos. Había tardado treinta minutos en ligar desde que Ki había decidido desaparecer de mi vida, la verdad es que me sentía hasta contento al comprobar que aún estoy de buen ver, porque después de que te den calabazas te sientes poco menos que escoria. Bueno, mi autoestima estaba intacta tras el descalabro. ¿Y Ki? ¿Qué pasaba con Ki?(...) A media madrugada, Ki me envió un mensaje diciéndome que tenía muchas ganas de verme y que me quería mucho y que me daría muchos besos en cuanto quedáramos de nuevo. Yo no entendía nada, y además estaba medio dormido. Al día siguiente, me llamó llorando, contándome que tenía muchos problemas con el piso en el que vive, y los estudios y mil cosas más. Y entonces lo entendí todo...Tiene veinte años, y hace exactamente las mismas cosas que yo hacía cuando tenía su edad, salir con mis amigos, emborracharme, pasar de quien realmente tenía que preocuparme y preocupar a quien realmente tenía que cuidar. Intenté no seguirle en juego en demasía porque yo vengo de allí, como diría Chenoa. Le dije que ya hablaríamos en persona, que no dramatizara y que en otra ocasión no se olvidara de que lo que se descuida, siempre, sin excepción, se termina por perder. Y que cuando te das cuenta, ya es demasiado tarde y han pasado muchos años.
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