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15 Abril 2005 - 9:54 p.m. A través del cristal iban pasando todo tipo de paisajes ante mis ojos. El autobús atravesaba extensos campos verdes y moteados de florecillas blancas o amarillas y polígonos industriales con naves de aluminio que brillaban bajo el sol de Abril. Apoyé la cabeza sobre la ventana y cerré los ojos. El conductor me sacó del incipiente sueño que me embargaba. Es quí, me dijo y yo de un salto me levanté del asiento y salí por la puerta dándole las gracias por avisarme. Ante mí, mi nueva empresa. Llamé al timbre y alguien desde alguna parte pulsó algún botón para que la puerta se abriera automáticamente. Mi jefa salió a esperarme y me enseñó las instalaciones. Como yo ya había intuido el día de la entrevista, aquel lugar era de un nivel diferente al que yo estaba acostumbrado y yo por lo tanto tenía que comportarme de manera diferente a la habitual,tanto a la hora de vestir-adiós a mi camiseta de punk-como a la hora de comportarme-adiós a los chistes de mamadas-Mi departamento está formado por chicos y chicas todos muy majos, y en mi mesa tengo todo el material de oficina que puedo necesitar y más, porque algunas cosas ni siquiera sé aún para que sirven. Me enseñaron más o menos de qué iba el trabajo, facturar, comprobar instalaciones, pasar contratos al ordenador, y por mucho que fuera siempre me parecía mejor que mi odioso extrabajo en digital+. Los servicios eran inmensos, con taquillas, lo nunca visto, más parecidos a las duchas de un gimnasio o de Upa dance que a otra cosa. Olían a pétalos de rosa y a mandarinas y estaban limpios de manera impoluta. No me hubiese importado vivir en uno de ellos. A la hora de comer subí al comedor de la empresa con Aurea, una chica vegetariana y heavy muy maja que apenas come y está flaquísima, y con Antonio, un gordito mariquita que tiene muy mala uva y critica a todo el mundo que lo rodea pero que tiene mucha gracia. De manera que allí estaba yo, tras mis primeras tres horas de trabajo, sintiéndome completamente integrado y más cerca de mis mil euros al mes que nunca. Cuando regresé a casa, Ki me esperaba en la parada con un beso largo y profundo. Supongo que la gente que salía conmigo del metro se quedaría boquiabierta, pero yo no lo vi porque tenía los ojos cerrados. Si un mes antes me hubiesen preguntado como era un día perfecto, hubiese descrito uno como este...
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