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03 Abril 2005 - 11:13 a.m.
Los tres corríamos de un lado para el otro. Me di una ducha rápida, limpié mi habitación y comencé a hacer la cena. Inma me sacó la ropa de la lavadora y la tendió. Silvina me iba avisando del tiempo que quedaba. Diez minutos, Rober, decía, Cinco minutos, Rober. Y yo atacado y muerto de risa, intentando acicalarme y ponerme lo más guapo posible. Vivimos en la casa de la dicha, no me puedo creer que vaya todo tan bien. Silvina ha comenzado a trabajar en una revista y su relación con Diego va viento en popa, ella también parece ahora un personaje de Marian Keyes. Inma trabaja diecisiete horas al día, pero así es feliz. Nos cuida a Silvi y a mí como si fuera una madre. Somos una familia al fin y al cabo. Cuando les di la noticia, Inma se alegró mucho, ella se alegra siempre por todo-es así su talante-pero Silvina, con la tirria que le tiene a los chinos, sobre todo a la china de la tienda de los donuts de abajo de casa, porque dice que no se enteran de una mierda, me dijo Rober, no me lo puedo creer, pero lo importante es que tú seas feliz. Una frase también muy propia de las madres, así que sentí que aquí en Madrid tengo dos madres. Había preparado un par de sorpresas para cenar. Albóndigas y helado de fresa. Sabía que sería un éxito. Sonó el timbre. Era mi invitado. Inma le dio dos besos y le preguntó si le gustaba España. Silvina desde atrás me decía qué guapo, qué guapo y apuntaba hacia arriba con los pulgares. Sorprendente, si tenemos en cuenta como he dicho antes la tirria exacerbada que le tiene a los chinos, aunque la verdad es que la china de la tienda de abajo me cae mal hasta a mí, más antipática no se puede ser. Yo creo que sabe español y se hace la tonta para trabajar menos, así le preguntas si tiene donuts rellenos y como te dice que no sabe lo que siginifica rellenos se quita de encima el marrón de decirte que se le han acabado, y tu te desesperas intentando explicarle lo que significa con gestos y hablando muy alto y lento, y acabas pareciendo mongolo. Ki y yo estuvimos besándonos en mi habitación durante toda la tarde, con la ropa puesta, con ese fulgor en los ojos que sólo tienen los enamorados. Sentí retrotaerme yo también a los veinte años y la felicidad embargó mi corazón al revivir tantas sensaciones que hace tanto había olvidado, como la ilusión del primer beso, del descubrimiento del cuerpo del otro como un acto de amor y no como uno mecánico. A Ki le gusta Amaral y Bebe, el arroz, el KFC, las comedias románticas y todo lo que sepa a fresa. Odia la cebolla y le da miedo de leerse El Quijote aunque también tiene muchas ganas. La cena, como yo ya había predicho, fue un éxito. Le encantaron las albóndigas, era la primera vez que las comía, y el helado de fresa fue todo un acierto, como a él le gusta todo lo que sepa a fresa. Alquilamos una película, dejé que él la eligiera y cogió una de Jennifer Lopez que se llama Maid in Manhattan. La vimos abrazados en la cama, besándonos esporádicamente y apretándonos fuerte en los momentos más tristes o más románticos. Cuando acabó era muy tarde, ya no había servicio de metro, así que le dije no vayas a coger un taxi, quédate a dormir conmigo. Y así lo hizo. Es tan bello, su rostro sereno me ilumina, sonríe con tanta facilidad y cada vez que lo hace el mundo a mi alrededor desaparece y no hay nada más que él, que su olor especiado, su piel virginal, sus ojos café, su cabello liso, fuerte y oscuro con el carbón. Cuando por la mañana marchó, deseé que ese momento no hubiera llegado nunca y me quedé allí tumbado, bocarriba en la cama que había sido testigo de nuestro amor.
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