|
03 Abril 2005 - 1:03 p.m.
Anoche vomité cinco veces, tuve diarrea y palpitaciones y me dolía el vientre, y la cabeza y creo que hasta tuve fiebre, le dije a la doctora que se parece a Gloria Fuertes intentando parecer lo más enfermo posible, con los ojos entreabiertos y la voz ronca. Ella me sonrió, como si me acabara de pillar la mentira y me preguntó cuantos días quería faltar al trabajo. Sólo hoy, le respondí. Y sin retirar la dulce sonrisa de abuelita de su rostro, me firmó un justificante. Que dios la bendiga. No me apetecía ir a trabajar y mucho menos sabiendo que en breve lo dejaría definitivamente, así que me fui a dar una vuelta por la ciudad con mi justificante que me convertía en un enfermo legal y oficialmente. Conocí a Ki. Os preguntaréis que quién es Ki y que no puede ser que me enamore día sí, día también, y que me queréis ver bien casado y que vais a necesitar un árbol genealógico para no perder el hilo de mis historias. Ya, ya lo sé. Pero no lo pude evitar. En cuanto lo vi, supe que estábamos hechos el uno para el otro. Es tailandés y está en Madrid estudiando español con una beca. Nos tomamos un par de cervezas y cuando íbamos a por la tercera me di cuenta de que él también era parte de la racha de suerte que me ha regalado, no sé muy bien por qué, el destino. Siempre quise estar con un chino, es una de esas cosas que tenía en mi lista de cosas-que-han-de-hacerse-antes-de-los-treinta. Pero ya se sabe, la mayoría de los chinos son muy feos, así que tampoco es plan de estar por estar con un chino si en el fondo no te gusta. Ki pertenece al grupo de los chinos-guapos, como el camarero del restaurante de Málaga, pero quizás es porque no sea chino y en realidad sea tailandés. Bueno, que más da. Lo importante es que volvimos a quedar para salir por la noche. Yo ya había quedado con Laura, mi nueva compañera de trabajo, que cada día la quiero más, y con su novia,así que nos fuimos a bailar los cuatro juntos. Lo mío es hacer grupos heterogéneos. Estuvimos en Olivia, un bar que es 98% de lesbianas, creo, o más. Yo sólo tenía ojos para Ki, y Ki sólo tenía ojos para mí, y después de los ojos vinieron las caricias y los besos, y cuando cerraron el bar un poco más y nos tienen que echar a patadas de allí, porque no quería que aquel momento acabase jamás, hubiera parado el tiempo de haber podido. Acabamos en Long Play, era la presentación del single de Son de Sol y las vimos actuar en directo, que guapas que son, o quizás es que yo ya estaba en ese punto de la borrachera en el que veo a todo el mundo rubio y con los ojos azules. Cada vez me gusta más la canción, espero que ganen eurovisión. Entre el gentío estaban Deborah Ombres, que había presentado la actuación, y Torito y el otro rubio de TNT. Me acordé de Nico, que decía que yo en Madrid iba a conocer a Torito y pensé en lo que se va a reir cuando lea esto y sepa que estuvimos bailando con él. A medida que avanzaba la noche, sentía que mi chino-tailandés y yo nos conocíamos de toda la vida. Qué sensación más bonita. Cuando cerraron la discoteca caminamos abrazados por la calle en busca de un taxi, pero comenzó a llover torrencialmente y nos refugiamos en un portal a la espera de que escampara un poco. Bajo el amparo del portal seguimos besándonos apasionadamente hasta que nos descubrió el alba y amainó la tormenta. Era la hora de separarnos, no podía afrontarlo. Vente a dormir conmigo, le dije. Él sonrió y me dio como respuesta un beso. Su piel es dorada y suave, es lo más suave que mis dedos han tocado, su cabello largo, intensamente negro y firme. Sus ojos rasgados muestran la misma dulzura que sus besos, y sus caricias, sus movimientos son acompasados como el vaivén de un paseo en barca. Se desnudó ante mí y me abrazó como si quisiera llegar hasta mi alma. Soy budista, me dijo. Y yo no lo entendí muy bien porque lo normal es que te digan soy pasivo o soy activo o quiero chuparte los pies, pero lo de soy budista no lo pillé del todo en aquel momento. No sabía yo que aquello era mi bienvenida en el maravilloso-y cansadísimo-mundo del sexo tántrico. Como los budistas no eyaculan, o para decirlo de manera más poética, no liberan la energía sexual y la acumulan para hacer algo positivo con ella, no sé yo muy bien qué, pues es como que la cosa no termina del todo en ningún momento y se alarga hasta que uno de los dos dice no puedo más necesito dormir un poco por favor vamos a parar. En este caso fui yo el que lo dijo, a las dos de la tarde del día siguiente. A la hora de comer, él se fue a sus clases de baile oriental, y yo me quedé en la cama sin fuerzas ni para ir a la cocina a por un vaso de leche. De repente, como siempre que suena, que es de repente, sonó el móvil. Era Alex, con su voz de color e ilusión al que nunca le han dado un palo en su vida. Le dije que estaba enfermo, que no podía salir con él ni apenas hablar, que tenía gripe. Ya, gripe asiática. Y después de esta breve conversación, opté por levantarme y arrastrarme hasta la ducha. Aquella tarde volvimos a quedar, pero en esta ocasión fuimos al cine a ver una de miedo. Ki estuvo toda la película abrazado a mí, riéndo y gritando con cada golpe de efecto y besándome cuando me pillaba más de imprevisto. Está tan lleno de vitalidad, es tan joven, tan lindo, también tan ingenuo. Me gusta mucho. Salimos del cine y empezaba a llover. Ahora viene un momento de suspense en la historia, queridos lectores, permaneced muy atentos. Un loco se interpone en nuestro camino, nos grita, no entiendo muy lo que dice. Cojo a Ki del brazo, me pongo delante de él, no quiero que le hagan daño. El loco no nos deja en paz, yo me pongo en plan machito y le digo tio de que vas y cosas por el estilo. Parece salido del señor de los anillos o algo así, es como un troll. Se quita de nuestro camino y cuando le damos la espalda, me da un tirón del bolso y me quita el móvil, sale corriendo la Gran Vía abajo y se pierde en uno de los callejones. Ki y yo lo perseguimos corriendo, pero a nuestro alrededor sólo hay oscuridad, comienza a llover más fuerte, lo beso y le digo que no se preocupe, está muy asustado. Al regresar a casa, me eché en la cama, habían sucedido demasiadas cosas en los últimos días, necesitaba parar un poco y pensar. En la mano sujetaba un papel, Ki me había apuntado su número. Pensé en que si me hubieran robado el móvil y no hubiera estado con Ki para que me lo apuntara, no lo habría visto más en mi vida. No podía aguantar la idea de no verlo más, de sólo pensarlo me entraban ganas de llorar. Contaba las horas que quedaban para nuestro próximo encuentro. Ki ki ki ki, repetía su nombre, lo escribía con las yemas de mis dedos sobre las sábanas en las que horas antes él había descansado, bueno, lo de descansado es un decir. Después pensé en algo más. Pensé en que al perder el móvil, perdía los números de Alex y de Derson. También perdía la oportunidad de volver a hablar con ellos nunca más. Qué forma tan cruel de romper lazos, pero quizás sea lo mejor. Me quedé dormido pensando en mi amante oriental, escuchando como la lluvia repicaba en los tejados. Me pregunté si él estaría oyendo la misma lluvia en aquel momento, y si pensaba en mí como yo pensaba en él.
previous - next
|