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21 Marzo 2005 - 11:46 a.m.
La luz de la mañana suavemente me despertó. Me regocijé en el agradable olor de las sábanas limpias, en el azul del cielo que se expandía más allá de la ventana de aquella habitación, en el bullicio de Madrid que allá abajo hacía vibrar las calles. Cálidamente, unos brazos me rodearon y mi espalda comenzó a recibir besos llenos de ternura.Me volví hacia aquél que me abrazaba. Bon giorno mi amore, me dijo. Bon giorno Mauro, dije yo y me estremecí al contemplar cómo su mirada me acariciaba como si fuera de terciopelo y su amplia y resplandeciente sonrisa me susurraba palabras de amor. Lo había conocido un par de semanas atrás. Al principio nos veíamos de forma espaciada, como las primeras hojas que caen al inicio del otoño, pero poco a poco sentimos que el día no tenía suficientes horas para estar untos y lo que comenzó como una suave brisa acabó por convertirse en un desatado vendaval que arrastró todo lo que había a su paso. Atrás quedaban los días de soledad, de incertidumbre, de carencias. Me sentía tan equilibrado, tan pleno a su lado. Era la horma de mi zapato, mi triángulo adyacente. Compartíamos gustos, bromas, silencios y piel. Tenía que estar en mi trabajo en un par de horas. Había dejado de ser odioso desde que Mauro había entrado en mi vida, podía sobrellevar eso y más porque mi estado de ánimo se elevaba a la enésima potencia con tan sólo recordar la forma en la que pronunciaba mi nombre. Me duché y a medida que el agua tibia recorría mi cuerpo desnudo, tomé conciencia de la situación. Me pregunté qué pasaría si él no me llamara aquella noche, si no nos veíamos en un par de días o simplemente si nuesta relación se terminaba antes de empezar. Sabía la respuesta, me destrozaría porque él había llegado a mi vida para cubrir una terrible carencia, el hondo hueco que me hería el alma y depender de su presencia significaba que si algún día me faltaba, sería doble la sensación de vacío. No es eso lo que quería, quería amar como persona plena a otra persona plena y no buscar en esa otra persona lo que a mí me faltaba. ¿Cómo vas a dar de beber a alguien si tu pozo está seco? Debía llenar primero el pozo de agua para luego poder compartirla. En aquel momento deseé con vehemencia que todavía fuera posible para mí vivir con plenitud. Regresé a la habitación y así se lo expuse. Desnudé mis sentimientos ante él, no inventé excusas ni di rodeos o falsas esperanzas. Él entendió mis palabras y aceptó la idea de que necesitaba mi tiempo para buscar aquello que me inquietaba el alma, pero no por ello pudo evitar quedarse llorando entre las sábanas a medida que yo cruzaba el umbral de la puerta. Me dolió como si me hubiera arrancado el corazón con mis propias manos, pero sabía que aquel final era el inicio de algo importante.
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