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21 Febrero 2005 - 11:59 a.m.
Hoy quería contar muchas historias, a ver si me da tiempo. El domingo trabajé. Hacía un día precioso, de esos que te hacen sentir que la primavera ha llegado, y mientras todo el mundo se dirigía felizmente al Retiro, o al teatro, o a la Plaza Mayor, yo me dirigía a mi odioso trabajo. A mi lado pasaron dos chicos acaramelados que paseaban un dálmata. De pequeño siempre quise tener uno. Pensé que vaya par de maricones pero en el fondo me corroía la envidia. Hay días que me levanto sumamente neurótico y envidioso. En el trabajo se me bloqueó el ordenador y no me entraron llamadas. Pasó un buen rato hasta que el supervisor se dio cuenta y vino a regañarme. Aproveché el paréntesis para leer un poco de la novela tengo últimamente entre manos. Se llama "Mi vida perra", es subliteratura y me encanta. Leí una cosa muy interesante. Resulta que los mapas no se pueden registrar en la sociedad de autores porque se supone que son representaciones de un espacio real y que el espacio real no puede pertenecer intelectualmente a nadie. Por lo tanto, si dos cartógrafos hacen a la vez un mapa de un sitio y se acusan mutuamente de plagio no hay manera legal de demostrar quién hizo qué mapa. Por ese motivo, todos los cartógrafos meten en sus mapas un "gazapo", un accidente geográfico que no existe, a modo de firma, para así demostrar que son los autores. Imaginé cuántas calles, montañas y ríos aparecen en los mapas y que en realidad no existen, nadie se ha molestado en comprobarlo. Dios mío, si ya uno no se puede fiar de los mapas de qué se pude fiar. Al pensar en esto me sentí un poco más perdido si cabe en Madrid. Al regresar a casa, los vagones del metro iban absolutamente vacíos. Detrás de mí subió un hombre con una pinta de loco a lo personaje de Delicatessen, con el cráneo muy grande y los ojos saltones y redondos como huevos. Me dio mucho miedo ir solo en el vagón con él, pensando que si me mataba o algo nadie se iba a enterar. Pero lo peor vino después, porque en la parada de Pueblo Nuevo se subió un skin head con una cara de mala leche que quitaba el hipo. Pensé que si no lo miraba no se daría cuenta de mi presencia, pero no podía parar de mirarlo, era algo inevitable como mirar un accidente en la carretera. En la parada de Quintana subieron un negro y un inglés, y yo pensé que seguro que eran novios. Al rato, comenzaron a besuquearse y a meterse mano delante nuestra, y el skin head me miraba como si esperara que yo lo desaprobara con un gesto o algo, pero yo no sabía qué hacer. El hombre que parecía salido de Delicatessen resultó ser un poco autista y miraba fijamente al suelo mientras canturreaba. Por un momento pensé que el skinhead nos iba a dar una paliza a todos, por maricones, por negros y por autistas. Pero al final, lo único que hizo fue ponerse en pie y bajarse en su parada. Y me sentí fatal por ser tan paranoico, porque así se empieza y se acaba pensando que todo el mundo te quiere matar. Del susto me entró un hambre tremenda, y a pesar de que me había prometido deshacerme de los michelines antes del verano, acabé en el Vips comiendo aritos de cebolla, hamburguesa y brownie con helado de arándanos. Comí tanto que tuve ardores durante toda la noche. Mi madre siempre dice que si se come mucho antes de dormir se tienen sueños raros, y qué razón que tiene, porque soñé con Nemo. Y os preguntaréis que quién es Nemo. No, no es el de la película. Es un medio-novio que tuve en Málaga antes de venirme para Madrid. Ahora que lo recuerdo era muy majo y lo pasaba muy bien con él, pero no sé por qué razón algo dentro de mí no me hacía click y no terminaba por enamorarme. Pero para ser sincero, lo tenía todo para ser el novio perfecto. A lo tonto a lo tonto, estuvimos un mes quedando a diario, hasta que un día le dije que iba de la ciudad. Me porté un poco mal, porque ni siquiera me despedí de él, pero bueno, esa es otra historia que ha de ser contada en otra ocasión. Lo importante es que la pesadez de estómago me hizo pensar en él y en lo mala persona que soy a veces. A las dos de la mañana, me llamó Derson para decirme todas esas cosas que te dicen los novios. Yo no siento que él sea mi novio, pero ojalá viviera más cerca para que pudiera serlo. Realmente, cada día que pasa lo echo más y más de menos. Llegará el momento en el que no pueda vivir sin él, y me da miedo, porque ese día, mi vida será un desastre por completo. Por la mañana me levanté con un objetivo claro: llamar a Barcleys para pedir el dinero que me hace falta para pagar el último plazo de la escuela. Pero oh! infeliz de mí, me lo denegaron porque a estas alturas ya he consumido todo el crédito de la tarjeta. No me lo podía creer, pero tanto gasto por el amor de dios??? Puede que así sea. En mitad de la calle de Alcalá, a cero grados bajo cero, rodeado de gente que va y viene a la velocidad del rayo, me quedé parado, sin saber qué hacer ni de dónde sacar dinero. Pensé que siempre he tenido suerte en todo, que los dioses siempre me han acompañado y no me pueden dejar en la estacada en esta ocasión. Esperé una respuesta divina...y de repente, sonó el móvil. Sin exagerar, fue así tal y como ocurrió, misterios de la vida. Eran del casting del concurso de Carlos Sobera, que me quieren entrevistar el Martes por si quiero participar. Joder, joder, joder!!!No me lo podía creer. Claro que sí, claro que sí que quiero. Necesito dinero, necesito ganar ese concurso. Por cierto, necesito verlo antes del martes, porque no sé cómo se juega.
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