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29 Octubre 2004 - 12:54 p.m.
Tras dos semanas en Madrid puedo afirmar que la ciudad aún me sigue sorprendiendo. Mis ojos no saben lo que les deparará la próxima callejuela o la próxima estación de metro. Es como si fuera eternamente virgen, siempre inmerso en el placer y el temor que provoca el descubrimiento. Una mujer entró en mi vagón esta mañana muy seria, con los ojos fijados al suelo, e inesperadamente para todos los presentes, elevó la cabeza, saludó a su público y comenzó a cantar ópera.Pensé que el subsuelo se rige por otras normas bien diferentes a las de ahí afuera, que bajo tierra todo es posible. Aplaudimos y ella pasó un vasito para que le echáramos monedas. Yo le eché un euro, me había alegrado la mañana, y al pasar por el corte inglés, me compré un disco de ópera. Ayer le fui infiel a este restaurante, encontré uno mejor, más bonito, con más variedad y más cercano a mis clases(que por cierto, van muy bien).Pero hoy he regresado, porque éste tiene el encanto de lo cotidiano. El camarero ya sabe qué bebida quiero, y me prepara el cambio antes de pedirle la cuenta porque sabe que yo siempre le doy billetes de diez. Supongo que a uno, en esta ciudad, a veces le gusta romper con la sensación de eterna virginidad y buscar lo cotidiano de un amor eterno. Poco a poco voy haciendo mis amores, que son las calles por las que no me pierdo, las personas que recuerdan mi nombre y los momentos en los que no me siento un extraño.
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