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23 Octubre 2004 - 1:10 p.m.

Es curioso como todo ocurre por y para algo. Si miráramos al pasado cada uno de nosotros tendría miles de ejemplos que contar, pero en ocasiones, con una simple ojeada a lo que ha recién acontecido, podemos comprobar que existe una finalidad en todos los hechos que suceden a lo largo del día.
Me equivoqué de estación de metro. Es una sensación como de haber ido a parar a otro planeta, repleto de edificios y rostros desconocidos. Los esquemas se te rompen por completo, deseas chocar los zapatos de rubíes y decir aquello de no hay nada como el hogar, a ver si funciona y regresas a casa sin tener que hacer más transbordos.
Me sentía como el protagonista de uno de esos episodios de Dimensión Desconocida, en el que de repente un hombre se levanta una mañana y su casa no es su casa, su mujer no es su mujer, y al mirarse al espejo, resulta que ni siquiera su cara es ya su cara. Pero no me dejé amedrantar por la nueva situación y salí a la luz, a ver qué sorpresas me deparaba la nueva estación. He aquí uno de los momentos en apariencia insignificantes, pero finalmente decisivos en esta historia. En la boca de esta parada de metro, había una manta de discos piratas. Los miré con curiosidad, y el vendedor me ofreció el nuevo de Luz al razonable precio de dos euros. Para que voy a engañar a nadie, el índice de compulsividad se me disparó por las nubes y antes de que pudiera darme cuenta ya llevaba el disco dentro de mi bolso. Como veía que se me hacía tarde, regresé al metro y tomé la línea adecuada para llegar a tiempo al trabajo.
A medida que avanzaba la tarde, me empecé a agobiar. No sé explicar muy bien los mecanismos que mueven la mente humana, pero toda la positividad que he ido acumulando en estos días se fue enturbiando, haciéndose espesa negrura que me ahogaba a la altura del cuello. Hay muchas cosas que ahogan, el mar, el asma, una soga, o unas manos. Pero también una palabra, un tono o un gesto. Y el estrés en el trabajo y la incertidumbre de no saber si en ocasiones el tiempo es perdido.
La niña-bicho vino a hacerme una visita, hacía un par de días que no la veía y me comentó que estaba triste y sola porque la habían pasado a un departamento donde no conocía a nadie. No supe qué decirle, así que asentí con la cabeza e hice como si estuviera muy ocupado con el ordenador, moviendo el puntero del ratón de un lado al otro de la pantalla. En realidad lo que me ocurría es que no podía respirar, la cabeza estaba a punto de separarse de mis hombros y una intensa punzada me oprimía el pecho. Pensé en los ansiolíticos y en lo fácil que sería tirar la toalla y dejarse arrastrar por los problemas.
Llegué a casa destrozado, como si Madrid, mi pasado y mi presente se hubieran dedicado a darme de hostias durante todo el día. Me eché en la cama y saqué un chicle del bolso. Fue en este preciso momento cuando vi el disco de Luz, se me había olvidado por completo que lo había comprado aquella misma mañana.
Lo puse para intentar quedarme dormido, y en cuanto comenzaron a sonar las primeras notas musicales, el nudo que me ahogaba comenzó a deshacerse, empecé a sentirme mucho más tranquilo y relajado, y a ser consciente de que en esta vida, para bien o para mal, uno es dueño absoluto de su cuerpo, de su mente y de sus actos. Soy yo, no voy a dejarme llevar por la corriente, no voy a dejar que un estado de ánimo me nuble el día, los nudos nos los hacemos nosotros mismos, aunque la cuerda nos la de alguien de fuera.
Era tarde ya, pero no pude evitarlo y lo llamé a ÉL. Estuvimos hablando durante media hora y le conté todo lo que me había pasado durante el día. Creo que le vinieron bien mis palabras, me dijo que se sentía mucho mejor cuando hablaba conmigo. Algún día le diré esas mismas palabras entre mis brazos.

 

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