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28 Agosto 2005 - 4:28 a.m.

El sol bañaba las copas de los árboles y resbalaba como un torrente de miel, perfilando las sombras del camino e inundando caminos de piedra y cálidos riachuelos. Un poco más allá, la estatua del ángel caído elevaba sus alas hacia el cielo y pensé en cuántas veces me había sentido identificado con él, y lo lejos que aquello quedaba. Paseé hasta llegar al lago y al borde de éste, me senté, deleitándome con un helado de coco y chocolate que me provocaba orgasmos en el paladar, y con un cantante que suele tocar en ese mismo sitio cada Domingo.Es especial, lo protege una aureola o será que su estado de ánimo es aquel que propicia la buena suerte.Sé que alcanzará todas sus metas a igual que sé que yo alcanzaré todas las mías, pensé mientras el sol me lamía con la suavidad de un experto amante los párpados cerrados. Fui consciente de que había llegado el momento de deshacerme de un lastre más.Tras romper con el único amor que había tenido en mi vida, más de un año atrás, la única forma de llenar el vacío, además de las compras compulsivas, la comida en cantidades industriales y más adelante flirtear con la frontera de la anorexia, había sido obtener la aprobación de los demás, autoafirmar mi felicidad a base de repetirlo en un escaparate, a ver si por un casual me convencía a mí mismo de ello.Ese escaparate, era por supuesto, mi diario a través de internet.
Caminé baje un sol de Agosto que me henchía el corazón de vitalidad, mientras una cálida brisa me despeinaba el flequillo.Bajé por Gran Vía tarareando una cancioncilla que había escuchado en algun lugar y cuyo título era desconocido para mí a pesar de haber arraigado en mi subconsciente.Y finalmente, llegué a aquel restaurante de color verde lima donde todo había comenzado hacía diez meses, el del arrogante camarero brasileño, cuyo semblante no había cambiado un ápice, donde sonaban las canciones de Julieta Venegas durante todo el día. Ahora la habían sustituido por Shakira. Tomé asiento, pedí un zumo de naranja y pera, y encendí el ordenador.

La quimioterapia del padre del fotógrafo acababa esa misma semana, y él cumpliría su promesa de volver. Mientras tanto, yo había abierto los ojos y aceptado el lugar en el que me encuentro, la persona que soy y quiero llegar a ser.
Madrid se abría ante mí como un mar de infinitas posibilidades, y yo , un ave capaz de sobrevolarlo a la espera de que alguien me acompañara en el viaje, me dedicaba a planear en corrientes de aire cálido, disfrutando de todo lo que la vida me ofrecía. Ya no tenía miedo, ya no dudaba más. Y sabía que el momento en el que ese alguien viniera a por mí para aventurarnos en el camino de la vida, ya estaba escrito...

...en el diario interminable que forjan nuestros destinos.

 

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