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28 Agosto 2005 - 4:28 a.m. El sol bañaba las copas de los árboles y resbalaba como un torrente de miel, perfilando las sombras del camino e inundando caminos de piedra y cálidos riachuelos. Un poco más allá, la estatua del ángel caído elevaba sus alas hacia el cielo y pensé en cuántas veces me había sentido identificado con él, y lo lejos que aquello quedaba. Paseé hasta llegar al lago y al borde de éste, me senté, deleitándome con un helado de coco y chocolate que me provocaba orgasmos en el paladar, y con un cantante que suele tocar en ese mismo sitio cada Domingo.Es especial, lo protege una aureola o será que su estado de ánimo es aquel que propicia la buena suerte.Sé que alcanzará todas sus metas a igual que sé que yo alcanzaré todas las mías, pensé mientras el sol me lamía con la suavidad de un experto amante los párpados cerrados. Fui consciente de que había llegado el momento de deshacerme de un lastre más.Tras romper con el único amor que había tenido en mi vida, más de un año atrás, la única forma de llenar el vacío, además de las compras compulsivas, la comida en cantidades industriales y más adelante flirtear con la frontera de la anorexia, había sido obtener la aprobación de los demás, autoafirmar mi felicidad a base de repetirlo en un escaparate, a ver si por un casual me convencía a mí mismo de ello.Ese escaparate, era por supuesto, mi diario a través de internet. La quimioterapia del padre del fotógrafo acababa esa misma semana, y él cumpliría su promesa de volver. Mientras tanto, yo había abierto los ojos y aceptado el lugar en el que me encuentro, la persona que soy y quiero llegar a ser. ...en el diario interminable que forjan nuestros destinos.
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